Así preparan las pomadas de marihuana en un laboratorio clandestino


A don Nacho, el papá de Petra Morales, le empezó un ardor de piel, como urticaria, como alergia. Era una comezón terrible que no lo dejaba ni dormir. En un tris su cuerpo se llenó todo de ronchas.

Y lo único que le quedó limpio, a salvo, fue el rostro.

“Has de cuenta escamas de pescado, así resecas, feas, picosas, espinosas. Pura resequedad; y le sangraban cuando se las arrancaba”, dice Petra todavía con estupor, como  incrédula de lo que cuenta una mañana brumosa en la sala de su casa en la colonia Mirador.

En el IMSS le recetaron a don Nachito toda clase de ungüentos  y otras medicinas tomadas, pero no le hicieron efecto.

Los doctores del Seguro, dice doña Petra, no le daban al clavo.

Doña Petra es chaparrita, lleva delantal, el pelo a los hombros teñido de castaño y a sus 80 otoños tiene el cutis terso y una lucidez de veinteañera. Es ama de casa y enemiga acérrima de la medicina moderna.

Así trascurrió más de un año de tormento para don Nachito, que sentía quemarse en vida. La última visita que don Nacho hizo al médico fue para Petra la tristeza, la decepción.

“Le digo ‘a ver doctor, ¿qué está pasando con mi papá?, ya tiene un año con esa complicación, con esa infección y no se le quita, ¿cuándo se le va a quitar’. El doctor se enojó, dijo ‘¿quién te ha dicho que el enfermo diabético se cura?, jamás, jamás’, le digo ‘no doctor, yo le estoy diciendo de esta complicación’, y dice ‘ah, esa es una de las tantas complicaciones que va a tener tu papá’, le digo ‘¿por qué?’, dijo ‘porque un diabético padece 100 ó más de 100 enfermedades’, te imaginas…”.

Petra salió devastada del consultorio.

Entonces la palabra diabetes no era tan conocida, no existían los productos sin azúcar, ni las campañas de prevención hoy tan publicitadas. La palabra apenas comenzaba a escucharse en la década de los setentas, pero a don Nachito ya le habían amputado ambos pies.

Al paso de los días aquellas escamas proliferaron en su cuerpo. Escamas de cuero sobre cuero.

¿Cómo se llamaba aquello?, Petra nunca lo supo, pero dice que era una cosa “horrible”.

Un día alguien le dijo de un doctor que consultaba en el Templo de San Francisco, por la calle de Juárez, y curaba con yerbas.

Se trataba del famoso, hoy ya fallecido, fraile Francisco Luna González, mejor conocido como “El Padre Luna”, originario de Guadalajara, erudito en herbolaria y creador de la fórmula de los socorridos “Bálsamo” y “Súper Crema”, milagrosos, que estuvo en Saltillo allá por los años setentas.

Aquel doctor — sacerdote, de unos 50 años, alto, fornido, de cara redonda y colorada, amabilísimo, según sus pacientes, se conmovió ante del dolor de don Nacho, el papá de Petra.

“Nomás al verlo, porque tenía una mirada preciosa, dice ‘esto no es de ahorita, ¿por qué no me lo habías traído?’, le digo, ‘porque no me daba cuenta de usted, no sabía…’ dijo ‘qué bueno que lo trajiste, esto ya se está pasando’. Las escamas eran muy gruesas ya mijo…”, platica doña Petra.

El padre sacó una bolsa de esas como para el pan, larga, de un material grueso, y echó dentro unas ramas frondosas de una yerba que Petra no recuerda, que no tuvo la precaución de anotar,

Petra, le indicó, el cura Luna, debía hervir en agua esa yerbas y bañar con ella a don Nacho, “lavarlo y que se le remojara todo aquel mugrero tan duro, que si mi papá se lo arrancaba era un sangrero…”.

Luego el sacerdote le despachó un frasco grande de un líquido café, como yodo, como mercurio, que Petra aplicaría con, algodón en el cuerpo de su papá después del baño y una vez que estuviera seco.

Finalmente le dio una pomada, era la insigne “Súper Crema Milagro” que Petra untaría sobre el cuerpo escamoso de don Nacho.

“La pomada era árnica, pero preparada con más componentes”.

—¿Peyote y mariguana?

—Nomás él sabía lo que nos daba, pero sí, se manejaba muy a la sorda, la gente sabía, eso no venía en las etiquetas.

Petra jura y perjura que al mes don Nacho sanó y jamás aquella extraña enfermedad volvió a fustigar a su padre, hasta el día en que murió, a los 85 años, víctima de la diabetes.

“La piel le quedó perfecta. Ahora ya nadie cura, ya nadie alivia, te siguen dando medicamento pa que te controles, pero no te quitan la enfermedad.”. Petra se atrevería a decir que el padre Luna fue el primer médico naturista que hubo en Saltillo.

DOCTOR MARIGUANA

Hay dos envoltorios de papel periódico con matas de mariguana; y más allá, a la entrada de una lavandería, que más bien parece bodega, el cuarto de los triques o algo así, unas plantas de peyote y varios costales rebosantes de otras yerbas.

No es la casa de un narcotraficante, tampoco la de un dealer, ni la de un hippie.

Al señor que vive aquí, en esta vieja casa del centro con altas techumbres y paredes espesas, le dicen “El inge”, y es quizá uno los pocos en Saltillo que se dedican a la preparación artesanal, casera, de medicamentos, (bálsamos, pomadas), a base de plantas prohibidas. Plantas que, al decir de sus más rancios defensores, como “El inge”, son eficaces para cualquier dolor.

“¿Un churrito?”, bromea “El inge” y se ríe.

Unos amigos le habían regalado semillas de canabis, él las plantó y al rato le crecieron unas matotas. El peyote él mismo lo cortó de las afueras de la ciudad, a orilla de las carreteras donde trabajaba, no da otras señas.

Dice que él aprendió el arte de hacer bálsamo y pomada por accidente.

En realidad él es ingeniero civil, graduado en la Universidad Autónoma de Coahuila, pero una doña que se llamó María del Carmen Villarreal de Sánchez,  Carmelita, lo enseñó.

Guadalupe Sánchez Villarreal, dice que su madre, María del Carmen Villarreal de Sánchez fue una de las herederas de las fórmulas de la crema y el bálsamo “Milagro”, además de la Jalea Real del padre Luna.

Aquel sacerdote, que según una historia de internet había estudiado herbolaria en Estados Unidos, tuvo que regresar a Guadalajara, su tierra natal, pero antes de irse enseñó a Carmelita a preparar los productos. “Se encariñó con ella y fue del modo que le dejó las cremas y todo a mi mamá”.  Después Carmelita las fabricaba con la ayuda de su esposo en su casa, aledaña al templo de San Francisco.

Ella fue según “El inge”, una de las tantas herederas de la fórmula con 12 yerbas, del bálsamo y la pomada milagrosos que inventara el cura franciscano Francisco Luna González y que, se dice, han aliviado a mucha gente.

“Doña Carmelita era muy devota, como toda su familia, y cuando llegaban los padres al templo de San Francisco ella los invitaba a comer a su casa. Les gustaba su comida a los padres. El Fray (Francisco Luna) empezó a trabajar con yerbas y le dijo a la señora Carmelita cómo hacerlo. Llegaba mucha gente a curarse. Se va el sacerdote, lo cambian de templo y él le pasó el secreto a la señora. Ése y el de otras muchas yerbas. Cuando se va el padre a Guadalajara, toda la gente empezó a ir con ella.

Dice ‘¿qué hago?’ y pos comenzó a curar. Venía gente con sus heridas abiertas, sus llagas y ella los curaba”.

Lo de “El inge” fue así nomás, de repente, muchos años después.

“El inge”, cuenta que se hallaba trabajando en un proyecto carretero, cuando un buen día vino doña Carmelita, a quien conocía de años, y le pidió de favor que le ayudara a preparar  “Súper Crema Milagro”.

Que necesitaba cebo, peyote, mariguana, le dijo la señora, y él respondió: “por eso no se preocupe, señora”. Los chavos de su trabajo eran bien mariguanos, como andaban en el solazo de la carretera, y él les dijo “¿traen semillas?”, y ellos sacaron semillas. “El Inge” sembró la mariguana y le creció, le dio planta y de esa planta le puso a la crema.

“Peyote había mucho en la pista y como trabajaba yo para el gobierno y andaba en camioneta con logotipo del gobierno pos no tenía lío de traslado, era difícil que me parara el Federal. Los soldados nada más la revisión rutinaria y hasta ahí…”.

—Usted ya conocía esas plantas, ¿no?

—El peyote ni lo conocía. Fume mariguana, pero no me cayó. Ahorita puro alcohol y tabaco.

Después “El inge”, tiró pa’l monte a juntar las yerbas que faltaban.

Doña Carmelita le heredó el secreto de la fórmula:

Mariguana, peyote, romero, ruda, manzanilla, árnica, laurel, orégano, hojasén, menta, axocopaque, pirul, eucalipto, gobernadora, sábila, limón, entre otras plantas, cebo de res y un poderoso químico del que “El inge”, se reserva el nombre.

El árnica, la gobernadora y la ruda, contenidas en la fórmula de la crema y el bálsamo “Milagro”, están vetadas en la práctica de la medicina tradicional, según el ACUERDO DOF: 15/12/1999, por el que se determinan las plantas prohibidas o permitidas para tés, infusiones y aceites vegetales comestibles.

Doña Carmelita le confío también la receta del “Súper Bálsamo Milagro”, que se elabora a base de las mismas plantas, diluidas y fermentadas en alcohol de 96 grados, con limón.

La señora miró que “El inge”, tenía buena mano para eso de la herbolaria y desde entonces lo hizo su ayudante.

“A la señora le gustó cómo se elaboró la pomada, el color, todo…, Dice ‘me gustó cómo la hizo, hágame más’ y le hago más”.

Un frasco lleno de ¿milagros?

“Si esta crema no hubiera funcionado yo no la hubiera hecho. Mucha gente la busca porque es muy buena, les ha ayudado mucho. La gente busca el producto y me dice ‘hágalo’, lo hago, no lo hago por hacerlo…”.

En su etiqueta se lee que estos productos son buenos para casi todo; desde un catarro, reumas, artritis, bronquitis, várices, hongos, llagas, granos, juanetes, callos, ojeras, espinillas, acné, herpes, pie diabético, golpes y dolores de espalda, hasta unas hemorroides, estrías y obesidad.

“Bronquitis en los niños, la mezclas con Vaporub y al día siguiente amanece uno con madre. Si traes alguna infección en la garganta haciendo gárgaras con el bálsamo te alivianas”, dice “El inge”, como si fuera un merolico de mercado ambulante.

Sus rótulos no especifican los ingredientes de estos productos ni traen alguna leyenda preventiva.

“Si trae la mariguana o el peyote, si me la ven así, me chingan. No, si dice…¡imagínate! Es que ése es el secreto precisamente”.

Con el tiempo “El inge” descubrió que este era un buen negocio, al menos a él le ha dejado plata.

¿Qué pensaría de esto Fray Luna González, el desinteresado inventor de estas fórmulas, si lo supiera?

“El inge”, 47 años, es alto, moreno, corpulento, cabello crespo y emana un aire como de despreocupación que raya en el cinismo ante la vida.

“El inge”, no es dueño de ningún emporio industrial.

Su laboratorio es la cocina, la lavandería, el patio trasero de su casa.

“El inge” es huidizo, no permite que nadie lo vea trabajar y es reacio a la hora de hablar sobre cómo fabrica la “Súper Crema Milagro”.

Pero a groso modo dice que el proceso va de que se cuece la mariguana y el peyote, en varios litros de agua, junto con las yerbas.

El aceite que resulta de esa infusión, se mezcla con el cebo de res, que “El inge”, hierve en un cazo para chicharrones.

Se menea, se menea, se menea.

A esa combinación se añade un poco de colorante y aromatizante orgánicos, luego un químico secreto, y entonces el cebo, mezclado con el aceite de yerbas, se deja enfriar y reposar, hasta que adquiere una consistencia sólida.

El resultado es la “Súper Crema Milagro”.

Dice “El inge”, y muestra el fondo de una gran olla con los restos de una pasta verdosa, olorosa a cebo y yerbas silvestres

En el patio hay una garrafa trasparente, del tamaño de un botellón de agua purificada, donde ya se fermenta la mariguana y el peyote, con el romero, la ruda, manzanilla, árnica, laurel,  orégano, hojasén, menta, axocopaque, pirul, eucalipto,  gobernadora, sábila y limón, en alcohol de 96 de grados, para el bálsamo.

“Entre más fermentado, funciona mejor”, dice “El inge”, y revuelve la garrafa que contiene un líquido verde que exhala un fresco aroma a plantas.

“El inge” dice que gracias a esta crema y a este bálsamo sigue sanando mucha gente.

“Yo lo veo y digo ‘a la madre, sí es cierto’. Si voy a hacer un producto, voy a hacer un producto bueno, no voy a estar lucrando con algo que a la gente no le va a servir”.

La crema y el bálsamo que “El inge” prepara ya han traspasado fronteras y ahora no sólo se comercializan en Saltillo, sino en Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara, Guanajuato y Zacatecas.

AUTORIDADES: ENTRE LA APERTURA Y EL CASTIGO.

Francisco Javier Picazo Castro, subdirector de Fomento Sanitario, tiene oficina en el séptimo piso de la torre de la Secretaría de Salud de Coahuila.

Desde ahí tiene una vista privilegiada y panorámica que abarca todo el Centro Histórico. ¿Cuántos alquimistas clandestinos no escaparán a la mirada de la máxima autoridad sanitaria?

“Hay un boom, sobre todo en materia de productos herbolarios”, dice.

De acuerdo con la Federación Nacional de la Industria Herbolaria, Medicina Alternativa, Tradicional y Naturista (FNIHMATN), se sabe que hoy ocho de cada 10 mexicanos consumen productos derivados de la herbolaria.

Por lo mismo, la Comisión Federal de Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), ha mostrado una apertura hacia nuevos productos, como es la uña de gato, el guaraná y otros dieciséis ingredientes.

“Se ha volteado a ver a esos pequeños productores, se acercaron y están dejando ese precedente de que si tú cuentas con tus protocolos de investigación, con todos tus requisitos para darte de alta como un producto y ofertarte a la ciudadanía, si cumples con toda la ley de salud, adelante, puedes comercializarlo, sin necesidad de ser irregular.

Como estos productos que se venden en semáforos, que se venden en lugares no establecidos como son pomadas que traen extractos de mariguana y árnicas. Cofepris tiene apertura en este momento para todos los productos herbolarios, todos aquellos productos que han estado dentro de la sociedad mexicana desde hace muchos años”.

Sin embargo en lo que va de la presente administración sólo entre 15 y 20 personas, dedicadas a la herbolaria y la medicina alternativa, se han acercado a la Secretaría a solicitar informes sobre los trámites que hay que hay seguir para dar de alta sus productos y obtener así un registro sanitario.

“Hay gente que tiene las fórmulas, empezaron a trabajar y quieren dar de alta sus productos, entonces se acercan a que les demos asesoría antes de empezar a comercializarlos”.

En contraste la Cofepris, en coordinación con la SSA de Coahuila, ha asegurado en el último año unos 350 frascos de “Mariguanol”, este producto que se vende en los semáforos de la ciudad.

“Lo hicimos gracias a las denuncias sanitarias de la población que se acerca porque el producto le provocó alguna reacción. Es muy difícil que se controle este tipo de mercado porque es informal. Si vas y los visitas en un semáforo al rato se ponen en otro. A lo que voy es que ni siquiera sabemos si ese producto contiene mariguana o no porque no está registrado”, dice el doctor Picazo.

FOTOS y el REPORTAJE COMPLETO EN VANGUARDIA

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