Innovación en la educación secundaria


Luis Omar Montoya Arias

Partiendo de la visión que un servidor tiene de la historia, opté por hacer una evaluación diferente. Invité a los estudiantes a definir la historia a partir de una o varias imágenes. Todos los estudiantes hicieron sus aportaciones en el muro negro que se encuentra al fondo del salón y en la primera página de su cuaderno. Los estudiantes participaron de un ejercicio colaborativo y otro individual. Mi idea de la historia (pienso en Robin Collingwood) no está en la memorización de datos y fechas, ni en la reproducción de visiones maniqueas. La historia no se trata de buenos y malos, sino de procesos sociales. En la historia oficial siempre estamos buscando la maldad y la bondad, situándonos desde el estudio del personaje. La historia no se agota en visiones estereotipadas y moralizadoras. Me interesa que mis estudiantes aprendan a utilizar la historia. La historia está en todas partes, sólo hay que aprender a reconocerla. Ésta debe hacer ciudadanos críticos. Pienso en Peter Burke y sus formas de hacer historia, en la Escuela de los Annales francesa y en la vasta obra de Eric Hobsbawm. La historia es ciencia, es arte, es pensamiento, reflexión y creación.

Me interesaba saber cuál es la idea que los estudiantes tienen de la historia, cómo la piensan, desde qué sitio se aproximan a ella. Las constantes que encontré son las siguientes:

1.- Los estudiantes tienen una visión cinematográfica de la historia. Fue la suástica o esvástica asociada con el Nacional-Socialismo de Hitler, el símbolo que más usaron para definir a la historia. Su uso constante nos indica que los alumnos se acercan a la historia desde el cine. Los chicos prefieren lo visual y auditivo, sobre el conocimiento enciclopédico.

2.- Los estudiantes asocian a la historia con la violencia. No fueron pocos los alumnos que dibujaron pistolas y cuchillos. Esto demuestra el impacto de la violencia. La violencia no se agota en cifras y daños colaterales, como lo pregonan los gobiernos estatales y municipales.

Decidí no hacer el diagnóstico a partir de un examen tradicional, porque, justamente, busco distanciar a los estudiantes de visiones positivistas de la historia. Ni la historia ni los maestros deberían enseñar a odiar a Porfirio Díaz ni a santificar a Benito Juárez. El positivismo debe permanecer en la búsqueda de fuentes, no en su tratamiento. La historia ayuda a realizar diagnósticos colectivos e individuales, como ya lo demostré. Es incuestionable la importancia que tiene la historia y los usos que podemos hacer de ella. La historia debe hacer

ciudadanos pensantes. La historia es dinámica, está en los nombres de las calles y en el papel-moneda; en las playeras de los equipos de fútbol, en la goma de mascar y en el color de los ojos. ¿Cuáles son los significados históricos de las rayas? ¿Cuál es el origen de los tacos al pastor? ¿Por qué los nazis se hacían una raya junto a la partida del peinado?

Mi objetivo es que mis estudiantes aprendan a utilizar la historia. La prioridad no es la memorización sin contextos. Dejemos de acercarnos a la historia desde una lógica matemática y comencemos a abordarla desde el pensamiento social. Hay tres grandes estructuras de pensamiento: el matemático, el social y el artístico. Escribir una novela, un ensayo o una tesis de doctorado, es, desde luego, un acto artístico porque creas algo estético donde antes no existía nada. La historia y el historiador están ligados con el arte. Si el conocimiento no se aplica en la cotidianeidad, entonces es intrascendente y fugaz.

La visión que comparto ha estado anidada en la historia científica desde la década de 1960. El nuevo modelo educativo retoma, en realidad, la visión científica de las ciencias sociales, y la incorpora en la enseñanza de todas las materias. Se aspira a la humanización del conocimiento. No existe educación humanista sin humanidades. Para que las humanidades trasciendan, éstas deben ser manejadas por profesionales especializados. El éxito de la educación en el siglo XXI, depende de la incorporación e involucramiento de prácticas científicas. La educación requiere de más científicos que vengan a profesionalizar los campos del conocimiento. La situación es que en México se invierte muy poco en ciencia. Está claro: debemos invertir más en el sector científico del país y la historia debe ser enseñada por historiadores. Es válido ocuparnos de la didáctica, pero también brindemos su importancia a los contenidos. Nos concentramos en cómo enseñamos y olvidamos qué enseñamos.

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