La casa del amor ajeno


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Hoy es 14 de febrero; una fecha que siempre llamamos “día del amor y la amistad”, pero propongo que de ahora en adelante la llamemos “día del motel y la amistad” en honor a ese lugar que todos visitan y pocos confiesan. Sin embargo, no es ningún secreto que los moteles son los protagonistas del tan aclamado San Valentín.

Desde los 100 hasta los 2 mil pesos aproximadamente, estos sitios alojan el amor por un par de horas y vaya que lo hacen sentir como en casa; cómplices de la intimidad, enemigos del pudor y testigos del animal que llevamos dentro.

Sea o no amor verdadero, la mayoría de las parejas en la actualidad han acudido a un motel en busca de un rinconcito (bien escondido, allá por el periférico) donde puedan destapar sus deseos y hacerlos realidad por una módica cantidad y una gran satisfacción.

Será el supuesto anonimato el que nos lleva a disfrutar esta experiencia, porque entrando a ese sublime palacio sexual, nadie se ve ni se conoce, es impersonal. Todo queda entre tú y tu pareja (y la confiable señora que te atiende).

Cuando la empleada, la tercera pieza en el juego de la complicidad, siente las luces del auto en sus desvelados ojos, se para con aires de cansancio de su banquito perdiéndose desinteresadamente un cacho de la novela y dejando a la mitad su snack para decirte a qué cuarto te diriges (a eso le llamo excelente servicio al cliente).

¡Al 8!, dice sin mirar a los ojos, sin juzgar, completamente profesional.

Mientras la pareja recorre el laberinto de cuartos, la señora camina detrás lista para cobrar e ir nuevamente a ver la televisión.

Y es ahí cuando, al hacer check-in en el dormitorio, la caballerosidad brota del hombre como la espuma de una cerveza agitada. Se sacrifica él, cierra la puerta/cortina que esconde al auto, sale y paga, exponiendo su reputación a cambio de una noche (o mañana o tarde) de ensueño.

Lo que pasa dentro del cuarto es otra historia. Mientras muchos hacen y deshacen el amor, algunos beben y pocos hablan.

Pero si hay algo que particularmente me llama la atención, es la atmósfera en que el acto se lleva a cabo. Por muy básico o lujoso que sea el motel, parece como si un grupo de personas se hubiera reunido para planear el decorado que albergan sus paredes. Que a pesar de la austeridad haya un revoltijo de estilos, seguramente es parte de la estrategia.

Hay algo especial en los espejos que rodean a la pareja; son una tentación para espiarse todo el tiempo, incluso cuando miran al techo. Pero lo que vemos en ellos es engañoso; bien dice Jean Baudrillard que espejo no equivale a reflejo, sino a ilusión.

Por otro lado están las exóticas pinturas con aires de arte moderno y abstracción que, por culpa de la publicidad de Domino’s Pizza que está en las mesitas, fallan al tratar de llenar el cuarto de sensual romanticismo.

Así como todo lo anterior puede no significar nada cuando la pareja que se hospeda realmente se quiere, es duro reconocer que el amor que se hace en el dormitorio a veces es igual o más falso que el de los dos o tres canales de pornografía que el motel ofrece.

Y al mismo tiempo que la pareja recoge sus pertenencias y sale al mundo real, otra entra para remplazarla. Por eso es triste la realidad de los moteles, porque el amor que los visita nunca llega para quedarse; y cuando se va se siente lejano, ajeno.

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