La lógica no sirve para disfrutar un Mundial


Dentro de poco menos de una semana, cuando la pelota comience a rodar en el estadio Luzhniki, que ya no se llama Lenin ni es Olímpico, Rusia será durante todo un mes el centro de las miradas de al menos la mitad de la población de nuestro planeta, la que tiene al alcance un televisor y también los pocos que pueden permitirse el lujo, en sentido literal, de presenciar el acontecimiento sin tener que escuchar la estridente voz de los narradores televisivos, un peligro para el auditorio por su capacidad de perforar tímpanos cuando gritan un gol.

Espectáculo de masas por antonomasia, el futbol –quizás el juego colectivo más democrático de todos los que hay: sólo se necesita una pelota de cuero, plástico o trapo, no importa, y 22 entusiastas dispuestos a darlo todo por los colores de su uniforme, cuando se tiene ropa deportiva–, es capaz de unir, en una especie de hermandad de desiguales, al más rico y al más pobre.

Ambos se ponen la misma camiseta y, mientras dure la esperanza de seguir en la pelea por el título, forman parte de una sola voz que anima a los suyos y hostiga a los contrincantes, ciertamente unos con más elegancia que otros y, además, los hay más eficaces que los ingenuos adeptos del insulto homofóbico, como si los porteros rivales se pusieran a temblar de miedo por el alarido.

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