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Por Luis Guillermo Hernández Aranda

A través de sus obras, Pedro Ángel Palou retrata desde diferentes ángulos los fracasos del hombre. Con la muerte en los puños no es la excepción. En ella el escritor poblano toma como protagonista a un boxeador y es a través de éste que plasma algunos de los obstáculos más comunes de la vida, los cuales en muchas ocasiones derrotan por knock out.

Los boxeadores son personajes ideales para narrar la desgracia que representa salir de la pobreza y después volver a la miseria. La realidad supera a la ficción y como prueba ahí está la vida de Rubén el Púas Olivares. La anécdota, que no es nueva, es tomada por Pedro Ángel Palou (Puebla, 1966) para escribir Con la muerte en los puños (publicada en 2003), una novela donde se respira el ambiente de barrio que en el México de hoy prácticamente ya no existe.

Perteneciente a la Generación del Crack, integrada por autores como Jorge Volpi e Ignacio Padilla, Palou se calza los guantes y nos cuenta de manera ágil en 15 rounds-capítulos la historia del Baby Cifuentes, ex campeón mundial wélter que subió al cielo de la fama para caer al infierno de la desgracia.

Baby Cifuentes trabaja en una plaza como bolero. Ahí, limpiando zapatos, le cuenta su pasado un antropólogo con el que conversa y a veces juega dominó, y quien lo convencerá de registrar en un cuaderno los recuerdos de su vida como pugilista.

Así, el lector se enterará de la historia de este deportista a través de dicho diario, donde se descubrirá la manera en que Baby Cifuentes perdió todo por culpa de los excesos. Incluso un buen día se despierta teniendo a su lado el cadáver de su novia, sin saber si él la mató, pues no recuerda qué hizo debido a lo drogado que estaba.

UN CAMPEÓN DE CARNE Y HUESO

Pedro Ángel Palou estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla; ha sido funcionario público, académico, profesor universitario, investigador, editor, promotor cultural, chef y hasta árbitro de fútbol, por ello no sorprende que su gusto por el deporte se vea reflejado en esta obra.

Ganador del Premio Nacional de Narrativa Satírica Jorge Ibargüengoitia (1991), el Premio Francisco Javier Clavijero (1998) y el Premio Xavier Villaurrutia (2003), Palou se autodefine:

“Soy un narrador que se desdobla. En cada nuevo libro que escribo intento ser diferente, dar un salto al vacío y escuchar la voz de mis personajes; no necesariamente porque todos mis libros estén en primera persona del singular, sino porque, como decía William Faulkner, la novela es ese oscuro hermano gemelo al que uno escucha, y la larga convivencia con este personaje que te habita es lo que permite trasponer incluso las fronteras de tu propio cuerpo y ser ese otro que la novela necesita. La narrativa es uno de los vehículos más interesantes para acercarte a la psicología humana y para conocer la realidad; también es un acto terriblemente esquizofrénico”, declaró en una entrevista realizada por Jorge Luis Herrera.

Palou confesó que la idea de Con la muerte en los puños le vino luego de conocer a un bolero llamado Abraham Martínez, en el zócalo de Puebla, cuyas cicatrices en el rostro evidenciaban su paso por el boxeo.

Intrigado por el personaje, lo investigó y descubrió que ese hombre había sido campeón de peso wélter, sin embargo el ex peleador no quería platicar nada de su pasado.

“En ese momento me di cuenta de que tenía una novela. Abraham Martínez, como la mayoría de los boxeadores, no entiende nada de su pasado; no podía narrarme ni un fragmento de su biografía para que yo la novelara. Al principio supuse que la obtendría investigando sobre el mundo del box y no paré durante más de un año. Después de tanto indagar supe que debía alejarme de la investigación y hacer un ejercicio lingüístico, e inventé un lenguaje abstracto, literario y ficticio, con el objeto de que mi historia sonara bien real. A partir de ese momento la novela fluyó; la escribí como en 18 días”, comentó en la citada charla con Herrera.

Después de terminar el texto, el autor lo dejó reposar. Y en vez de recurrir a otros narradores para que la revisaran, acudió a personajes del pugilismo y les pidió su opinión:

“Antes de corregirla se la di a leer al Finito López, a José Sulaimán y al Pollo Meneses. Se la di a ellos porque no me interesaba que la crítica literaria la calificara. Quería que el gremio de los boxeadores, que es muy ajeno a mí, me dijera si le gustaba o no, y la respuesta fue unánime, la consideraron una novela muy realista que retrata su mundo, apuntó en la misma entrevista.

Según la visión de Elena Poniatowska, el volumen muestra la filosofía de Baby Cifuentes, quien no estudió en las aulas, pero la universidad de la vida lo dotó de profundas reflexiones.

En su artículo Box y literatura del Crack publicado en La Jornada (2003), apunta:

El Baby resulta más convincente que cualquiera de los universitarios o los antropólogos que lo invitan a tomar café y hablan de la legalización de las drogas. Toda su vida está tras de él para respaldar sus palabras, una vida que nos toma por asalto y gana la partida porque finalmente es más creativa, más entrona y más valiente que cualquiera de nuestras viditas cuidadas y ordenaditas.

Su único referente es Kalimán, el Libro Semanal, el Libro Vaquero y me cae que de ahora en adelante voy a aficionarme a esa lectura por lo visto mucho más capaz de guiarnos que “Lo que el viento se llevó”.

Indiscutiblemente, vale la pena ponerse los guantes y subirse al cuadrilátero con el Baby Cifuentes; le aseguramos que los 15 asaltos en torno a su historia no lo decepcionarán.

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