No es su guerra, pero se ha transformado en su peor pesadilla política y económica. Los líderes globales que se han opuesto al reciente ataque estadounidense-israelí contra Irán se encuentran ahora en una encrucijada compleja.
Están divididos entre enfrentar la ira de Donald Trump por su negativa a unirse al conflicto y responder a un electorado profundamente hostil a la guerra y al propio presidente de Estados Unidos.
El dilema radica en la profunda alteración de la dinámica entre Estados Unidos y sus aliados. Líderes que en el pasado buscaban complacer al hombre más poderoso del mundo, ahora osan criticarlo abiertamente y buscan establecer distancia.
Esta postura no se debe solo a una antipatía hacia la política exterior estadounidense, sino también a las crecientes presiones bélicas que amenazan directamente el sustento de sus poblaciones y, en consecuencia, el futuro de sus gobiernos y sus propias carreras políticas.
Incluso aquellos líderes que intentaron moderar el comportamiento de Trump durante su segundo mandato están reaccionando con firmeza ante su desprecio. La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, calificó los ataques de Trump contra el papa León XIV como “inaceptables”.
El primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, cuya relación con Trump se ha deteriorado por la guerra, expresó estar “harto” de que los británicos afronten facturas energéticas más elevadas debido a las acciones de Trump. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha advertido de un escenario “adverso” con un crecimiento global del 2,5% en 2026, frente al 3,4% de 2025.
Cómo la guerra puso a prueba una relación clave de Trump con Europa
El conflicto con Irán ha dejado claro que la crisis va más allá de la política exterior para los gobiernos aliados; se ha convertido en una amenaza interna y política. Esto, sumado al antagonismo creciente entre los líderes aliados y el presidente estadounidense, hace que apoyarlo sea un riesgo considerable.
Meloni, quien lidera un partido populista de derecha en Italia y comparte afinidad ideológica con Trump, se había posicionado como un puente entre la Casa Blanca y los aliados europeos. Sin embargo, su popularidad ha sido afectada por el alza del precio del combustible debido a la guerra.
La primera ministra italiana también tiene un rol particular en una nación con más de 40 millones de católicos y una conexión especial con el Vaticano. Por ello, no tuvo otra opción política que criticar los ataques de Trump contra el papa. Su cambio de postura podría haber frustrado más de un año de diplomacia y construcción de relaciones.
La paradoja provocada por la presión de Trump sobre los líderes aliados
La administración de Trump nunca ha mostrado gran preocupación por los desafíos políticos que su estilo inusual causa a los líderes aliados. Parece manifestar un claro desprecio por la Europa moderna, consagrando en su estrategia de seguridad nacional el apoyo a grupos populistas que buscan derrocar a líderes más centristas.
A pesar de sus críticas a Trump, el margen de maniobra de los líderes europeos es limitado. Sus posturas se ven debilitadas por una desventaja crucial en las relaciones con Estados Unidos: la fragilidad de sus propias fuerzas armadas. Las quejas de Trump sobre la falta de apoyo naval en el estrecho de Ormuz resaltan esta debilidad, ya que muchas potencias de la OTAN carecen de la capacidad para tales misiones tras años de recortes en defensa.
Mientras Trump considera la posibilidad de retirarse de la OTAN, utiliza una carta poderosa: un rearme significativo en Europa podría desestabilizar a los gobiernos al requerir impopulares recortes en programas sociales y de salud. Por lo tanto, aunque se distancien de Trump para proteger sus carreras políticas, sus homólogos europeos no pueden permitirse una ruptura total con Estados Unidos. No obstante, cuanto más insista el presidente en que se unan a una guerra impopular, menor margen político tendrán para ayudar a ponerle fin.







