Demasiado grande


Por: Marcelo Torres Cofiño

La mayoría de las encuestas que se publicaron con motivo del segundo aniversario de la victoria en las urnas de López Obrador muestran que en este momento su popularidad no está vinculada con su (in)capacidad para gobernar. De ahí que sostenga niveles relativamente altos de aprobación, al tiempo que sus acciones y decisiones son cada vez peor evaluadas por los ciudadanos. Queda claro que la gente ya no se deja engañar y que se da perfectamente cuenta de lo que está pasando.

En materia económica su discurso fue siempre el mismo: el neoliberalismo no nos permite crecer. La promesa al respecto fue muy concreta y existen cualquier cantidad de evidencias para el que quiera probarlo: nada más llegando, vamos a crecer al 6% anual. Hoy todos nos damos cuenta que no tiene ni la menor idea de lo que está haciendo y que por eso tuvimos el trimestre con la mayor caída del PIB en la historia (casi 18%). No debe extrañar que sea el rubro cuyo desempeño es el peor evaluado en todos los estudios de opinión.

Algo similar ocurre en lo que refiere a Seguridad Pública. Su discurso fue culpar a los neoliberales; su promesa fue, nada más llegando, acabar con la violencia; y el resultado es el desastre que estamos viviendo, que incluye el 2019 como el de mayor número de homicidios dolosos de la historia. Pero, lo más grave, es que incluso con pandemia y cuarentena, 2020 será en las cifras de la violencia muy similar. Por eso obtiene una calificación tan baja; como la que consigue en combate a la pobreza.

Sí, su bandera y símbolo de su gestión también está para la opinión pública por los suelos. ¿Por qué? Exactamente por las mismas razones: por su probada incapacidad para resolver ese problema. Obtuso como es, AMLO está necio suponiendo que la pobreza se combate regalando dinero. Pero los recursos económicos sólo sirven si existe todo un paquete integral de apoyos. Y la pobreza sólo se acaba si hay más y mejores empleos.

A dos años de distancia, el enorme capital político que llegó a tener el presidente se perdió. Lo dilapidó en su revancha personal y en sus delirios de grandeza. La victoria le quedó igual que la silla: demasiado grande.

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