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Dos intentos y cuatro horas para una vacuna

Por: Blanca Hernández

Se logró la vacuna. Luego de dos días de responder todas las llamadas de números desconocidos que llegaron a mi celular, el jueves 25 de marzo a las 20:15 horas recibí la llamada esperada: la cita para que mi mamá de 81 años recibiera su vacuna contra el Covid.

Quedó confirmada: Sábado 27 de marzo a las 17:00 horas en el Coliseo Centenario de Torreón. “Debe llegar 30 minutos antes, llevar una copia de la CURP y de la credencial de elector, no se bajará del vehículo”, esas fueron las indicaciones del servidor de la nación.

Desde la mañana del sábado, en las redes sociales se denunciaba la aplicación de la vacuna a personas de menos de 80 años y la interminable fila. A la par, algunas personas presumían haber recibido la vacuna a sus 60 y tantos y sin cita y todavía invitaban a personas a acudir: “no tienes que registrarte, sí te vacunan, ve a formarte”.

Con ese antecedente y confiando en que para la tarde ya habría mejorado la organización, a las 16:00 horas buscaba el final de una enorme fila para formarme mientras un agente de Tránsito daba indicaciones y ponía orden. Quedamos a la salida del Coliseo, ubicada en la zona industrial de Torreón. No teníamos idea de lo alejado que estábamos del área de vacunación, ni cómo era el flujo de la fila en esa parte, solo veíamos un mar de vehículos que avanzaba un metro cada 5 o 10 minutos.

Para las 16:30 teníamos el sol de frente, pero decidí apagar el aire acondicionado y bajar las ventanas. “Debí llenar el tanque de gasolina, no me vaya a quedar varada a mitad del camino”, lamenté.

Treinta minutos después, un servidor de la nación, a quien desde hace rato veía cómo iba de carro en carro hablando con los pasajeros, se acercó a la camioneta. 

– Buenas tardes, una disculpa, pero por hoy ya no hay dosis, le pedimos que por favor venga el día de mañana.

– ¿Entonces no sirvió de nada la cita? ¿Por qué dejaron entrar a los que no tenían cita? ¿Por qué vacunaron a los de 60 años?

– Estoy aquí desde la mañana y voy carro por carro diciéndole a la gente que es solo para mayores de 80 años, pero hay algunas personas que son muy difíciles.

 -¿A qué hora venimos mañana?

-A las 7:30, por favor avance.

– Noooo, espera.

El joven no me escuchó y se fue al vehículo que estaba detrás de mí, pero se acercó una mujer joven, que de nuevo ofreció disculpas y pidió que regresáramos al día siguiente.

-Nosotros teníamos cita a las 5, no se vale.

-Por favor deme una hoja, le voy a firmar un pase para que entre directo mañana a las 7:30.

-Gracias.

Me entrega la hoja, la guardo en la guantera y nos retiramos a casa.

Por la noche, reviso el papel, la firma es de Cinthia Cuevas, coordinadora regional de Programas del Bienestar en La Laguna. Eso me da un poco de esperanza, creo que puede servir de algo, pero no puedo confiarme. En redes sociales, varias personas cuentan que les dieron un “pase directo” para el domingo luego de tres horas de estar formados y quedarse a menos de 20 lugares de la entrada del estacionamiento de la Feria.

Tuvimos suerte, nuestra espera fue de una hora.

Domingo 28 de marzo, arranca el operativo familiar para la vacunación. A las 6:00 de la mañana llego a la fila, ahora me toca en el camino hacia el Coliseo, no se ve tan mal, pero los carros no paran de llegar, uno tras otro se va estacionando. Dicen que los primeros de la fila se quedaron a dormir toda la noche en el vehículo.

Hace frío y los conductores sacan frazadas de la cajuela para cubrir a sus familiares, algunos se bajan del automóvil para estirar las piernas mientras se ve a los adultos mayores dormir en los asientos.

A las 7:30 llega mi hermano con mi mamá y Lucy, su cuidadora. Decidimos dejarla dormir un poco más y llevarla más tarde. Mi mamá y Lucy se suben a la camioneta. A partir de aquí, la espera será de 3 horas.

Luis tiene la misión de ir a preguntar por el “pase directo”, le explican que debe acercarse al toldo de ingreso al estacionamiento de la Feria, preguntar por Amador o Gastón y mostrar el papel. Pero no podemos arriesgarnos a perder el lugar de la fila mientras intentamos entrar con el “pase”.

Luis toma mi lugar en la fila y me lanzo a la entrada, donde debemos sortear dos carriles llenos de vehículos. Los servidores de la nación iban de carro en carro revisando que se tratara de adultos mayores de 80 años, en caso contrario, les pedían que se retiraran.

Un hombre de unos 60 años se negó a moverse de la fila, pero ante la presión de otros conductores tuvo que hacerlo.

  • No sean injustos, denme chance.
  • No, no tienes 80 años. Vete.

Ya frente al toldo, con la ayuda de un agente de Tránsito y de un servidor que validó nuestro pase, pudimos ingresar al estacionamiento con el número 239 escrito en el espejo de la camioneta. Aún nos quedaban 2:30 horas de recorrido.

La fila avanzaba cada 5 minutos, pero apenas un lugar. Era un zigzag que a ratos parecía no tener fin. En los vehículos se veían pasar las botellas de agua y sándwiches o galletas para desayunar, apenas pasaban las 8:00 horas.

Había vehículos que mostraban el número del día anterior, 870, 917 y ahora tenían un 100, ya era su segundo intento.

Pocos conductores se bajaban a caminar pues apenas avanzaba la fila, había presión para que se moviera el vehículo o iniciaba el ruido de los claxones.

Al llegar al turno 270 se detuvo el ingreso al estacionamiento durante varios minutos y después se les acomodó alejados del zigzag. Ellos no avanzaban y en ningún momento se llenó el estacionamiento.  

Algunos acompañantes se acercaban al Periférico para recoger papelería olvidada o botes con gasolina para continuar el trayecto. El día anterior se quedaron autos sin gasolina o desvielados, por ahí todavía estaba un carro rojo sin pasajeros. También había quienes caminaban hacia el Coliseo en busca de un baño.

A las 10:00, por fin llegamos a la entrada de la zona de vacunación que tenía una lona con el mensaje: “Hoy es un día de esperanza. [email protected] a su vacuna”.

Un servidor de la Nación coordinaba el ingreso. Personal de salud tomaba la temperatura de los pasajeros e indicaba el módulo donde sería la aplicación, curiosamente ahí no había filas. Rápidamente, las enfermeras tomaban los documentos, incluido un formato que previamente llenamos en el camino con los datos de contacto del paciente y antecedente de enfermedades. 

Las profesionales de la salud aplicaban la vacuna al paciente mientras explicaban los posibles efectos secundarios. A las 10:16 horas por fin fue vacunada mi mamá.

A partir de este punto, unos jóvenes ayudaban a acomodar los vehículos en el área de recuperación, donde personal de salud se acercaba a cada vehículo a preguntar cómo se sentían los pacientes y a ponerse a los órdenes de los inoculados. Veinte minutos después, tras preguntar cómo se sentía mi madre, nos dieron salida. 

La fila seguía creciendo sobre el Periférico, ya había dado vuelta al Coliseo, y se aproximaba a la gasolinera junto a El Campesino. Difícilmente iban a alcanzar dosis.

Escrito por Redacción

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