El 13 de marzo de 2013, en la quinta ronda del cónclave, un nombre comenzó a repetirse con fuerza dentro de la Capilla Sixtina: Jorge Mario Bergoglio. A medida que las papeletas se leían, los murmullos crecían, hasta que al llegar a 77 votos, estallaron los aplausos.
Pero justo en medio de esa ovación histórica, un gesto cambió el rumbo de la Iglesia Católica. El cardenal brasileño Cláudio Hummes se acercó al nuevo papa y le susurró una frase que marcaría para siempre su pontificado: “No te olvides de los pobres.”
Aquel instante quedó grabado en la memoria de Bergoglio, quien lo narra en su autobiografía Esperanza, publicada en enero de 2025, meses antes de su fallecimiento. Fue entonces que lo sintió: el nombre “Francisco” surgió como una revelación, sin estar planeado.
El eco de un vagabundo en la Plaza de San Pedro
En su libro, el papa también revela un hecho simbólico que solo comprendió días después: durante el cónclave, un sin techo se colocó en la Plaza de San Pedro con un cartel colgado del cuello que decía “Papa Francisco I”.
Aunque en ese momento él no lo vio, varias fotos publicadas más adelante capturaron la escena. El destino —o quizás algo más profundo— ya lo había anunciado.
El valor simbólico de un nombre
El nombre que eligió no fue cualquier nombre. En más de 600 años de historia, ningún papa se había atrevido a elegir uno completamente nuevo. La mayoría repetían nombres históricos como Juan, Gregorio, Pío o Benedicto.
Según el teólogo Jörg Ernesti, experto papal, la elección del nombre suele ser programática, es decir, una declaración de intenciones. Y Francisco lo fue: una apuesta por los pobres, por la humildad, por la reforma.
Como San Francisco de Asís, quien renunció a su riqueza para abrazar una vida de pobreza y servicio, Bergoglio vio en ese nombre una guía para su pontificado.
Una tradición con siglos de historia
No siempre fue así. En los primeros siglos, los papas conservaban sus nombres de nacimiento. Fue recién en el año 533 cuando Mercurio, un papa electo con el nombre de un dios pagano, adoptó el nombre Juan II, inaugurando la costumbre de elegir un nombre simbólico.
Desde entonces, muchos lo han hecho con intenciones claras: Pablo VI eligió ese nombre inspirado en el apóstol San Pablo y fue el primer papa en viajar por el mundo moderno. Francisco, en cambio, eligió caminar entre los pobres y predicar con el ejemplo.
El legado de una decisión
Durante su papado, Francisco visitó Asís más veces que cualquier otro lugar fuera de Roma. Su mensaje fue coherente desde el primer día: la Iglesia debía mirar hacia los marginados, hacia los excluidos, hacia quienes más necesitan consuelo.
Hoy, tras su fallecimiento, la historia de cómo eligió su nombre cobra un nuevo significado. No fue una estrategia ni un gesto superficial. Fue un acto de fe, nacido en un momento de profundo recogimiento espiritual y en conexión con quienes menos tienen.
Así se entiende mejor por qué, desde aquel 13 de marzo de 2013, el mundo no solo conoció a un nuevo papa, sino a un hombre dispuesto a transformar la Iglesia con el poder de la humildad.







