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La fe de un condenado a la pena capital en ‘El Corredor de la Muerte’ en Texas

Al explicar su amistad, John Henry Ramirez y Dana Moore citan el mismo pasaje de la Biblia. “[Estuve] enfermo, y me visitasteis”, dice Jesús en el Evangelio según san Mateo, en el cual describe a Dios acogiendo a personas piadosas a la vida eterna. “[Estuve] en la cárcel, y vinisteis a mí”.

Moore, el pastor de la Segunda Iglesia Bautista en Corpus Christi, ha visitado a Ramirez en la cárcel durante más de cuatro años. Para verlo, recorre casi 500 kilómetros hacia el noroeste hasta la Unidad Allan B. Polunsky en Livingston, donde Ramirez ha estado en el corredor de la muerte desde hace más de una década. Los dos hombres hablan sobre la fe y la vida a través de teléfonos instalados a cada lado de una gruesa ventana de plexiglás en la sala de visitas de la prisión.

Ramirez, de 37 años, a menudo molesta en tono de broma a Moore sobre sus oraciones “breves y dulces” y conversan sobre sermones recientes de la iglesia, de la que Ramirez se volvió miembro hace algunos años. Moore tuvo que hacer una excepción para aceptar su solicitud in absentia, pero para él no había duda de que Ramirez cumplía con los requisitos.

Ahora, los hombres organizan un último encuentro, en la cámara de la muerte donde el estado de Texas planea ejecutar a Ramirez mediante una inyección letal el 8 de septiembre. Ramirez solicita algo inusual: quiere que Moore ponga las manos sobre él al momento de su muerte.

“Sería reconfortante”, dijo Ramirez en una entrevista en la prisión. No solo quiere que Moore esté observando a medida que el coctel de drogas letal serpentea a través de una vía intravenosa hasta su brazo (“envenenado directo hasta la muerte”, como él lo expresó), sino que también rece en voz alta, así como que sostenga su mano o toque su hombro o pie.

El 10 de agosto, Ramirez presentó una demanda federal contra los custodios de la prisión por haberle negado la petición. La demanda asegura que la negación del estado a permitir que Moore ponga sus manos sobre él afecta su libre ejercicio de la religión en el momento exacto “en que la mayoría de los cristianos creen que ascenderán al cielo o descenderán al infierno (en otras palabras, cuando las enseñanzas religiosas y su práctica se necesitan más)”.

Los dos hombres nunca se han tocado; su relación se ha desarrollado con el plexiglás de por medio. Cuando oran, presionan sus palmas contra la ventana. Ramirez en escasas ocasiones experimenta algún tipo de contacto físico en el corredor de la muerte, excepto roces con los custodios cuando le colocan las esposas alrededor de las muñecas.

Como bautista, Moore no cree en un sacramento formal que deba ser realizado con especificaciones exactas justo antes de la muerte, como la práctica católica de administrar la extremaunción. Pero afirmó que el contacto es una parte orgánica e integral de su trabajo. Cuando alguien pasa al frente durante un servicio eclesiástico para decir una oración personal o cuando visita a una persona moribunda en el hospital, él les sostiene la mano.

En una declaración jurada que se presentó en conjunto con la demanda de Ramirez, Moore citó la sanación milagrosa que, según la Biblia, Jesús realizó al tocar a los enfermos y cómo reunió a los niños en sus brazos para bendecirlos.

“El poder del contacto humano es más que solo físico”, afirmó en una entrevista. “Es la manera en la que Dios nos creó”.

EL PECADO QUE LO LLEVÓ AQUÍ

Ramirez fue condenado por asesinar a puñaladas a un hombre de Corpus Christi llamado Pablo Castro en 2004. Bajo los efectos del alcohol y las drogas, Ramirez manejaba junto con dos amigas en busca de personas a quienes pudieran robarles cuando se encontraron con Castro, que estaba sacando la basura en una tienda en la que trabajaba. Ramirez le asestó 29 puñaladas. Los fiscales describieron el ataque como un robo con un botín de 1.25 dólares.

Ramirez huyó de las autoridades durante tres años, escapó a México y comenzó una familia allá. Fue capturado cerca de la frontera en 2007, lo condenaron y lo sentenciaron a la pena de muerte.

Él asume la responsabilidad del crimen, que él califica de un “asesinato atroz”. Se negó a atribuir sus acciones a su infancia marcada por el abuso, la inestabilidad y la pobreza. “Hay muchas personas que vivieron cosas así, incluso peores, y no acabaron en el corredor de la muerte”, reflexionó. “No terminaron por convertirse en asesinos”.

Ramirez ha estudiado una variedad de religiones durante su tiempo en prisión, desde el catolicismo pasando por los Testigos de Jehová hasta la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Conoció al reverendo bautista Moore a través de dos personas que desde hace tiempo son miembros de su iglesia y que lo habían estado visitando por medio de un ministerio de la prisión; Ramirez considera a las hermanas como sus madrinas.

No obstante, rechaza el estereotipo de la conversión en prisión. Dijo que siempre creyó en Dios, incluso en sus peores momentos.

LOS CONSEJEROS ESPIRITUALES

El enfoque de Texas sobre los consejeros espirituales en las ejecuciones ha cambiado a lo largo del periodo que Ramirez ha pasado en el corredor de la muerte. Antes de 2019, el estado permitía que estuvieran presentes en la cámara de la muerte solo los capellanes empleados por la prisión. Sin embargo, solo empleaba a clérigos cristianos y musulmanes como capellanes. Cuando un interno budista llamado Patrick Murphy argumentó que el estado había violado sus derechos al no brindar acceso a un capellán budista, la Corte estuvo de acuerdo.

No obstante, el magistrado Brett Kavanaugh le ofreció una salida al estado en una opinión concurrente. Texas tenía dos opciones, escribió. Podía proporcionarle a Murphy un capellán budista o podía declinar el acceso de todos los consejeros religiosos a la cámara de ejecución, incluidos los cristianos y musulmanes. Texas aceptó la recomendación y relegó a todos los consejeros a un cuarto de observación adjunto a la cámara.

Sin embargo, esta primavera, después de que la Corte Suprema frenó otra ejecución debido a la política restrictiva, la agencia cambió de parecer de nuevo y les dio acceso a las personas en el corredor de la muerte al consejero espiritual de su elección.

En su respuesta a la demanda de Ramirez, el estado afirma que las restricciones estrictas en la cámara de ejecución son una cuestión de seguridad y que la petición de Ramirez abre la posibilidad a solicitudes religiosas cada vez más complicadas.

“Todo lo que rodea el proceso de ejecución y el protocolo de ejecución de Texas está basado en la protección y la seguridad”, dijo Jeremy Desel, director de comunicación del Departamento de Justicia Penal de Texas.

La súplica de Ramirez enfrenta la ley y el orden contra la compasión y el respeto a la fe individual. Estos impulsos contradictorios tienen una fuerte influencia en Texas, dijo Kent Ryan Kerley, catedrático y director del departamento de Criminología y Justicia Penal en la Universidad de Texas, en Arlington. “Es piedad contra justicia, ¿cuál eligen?”, exclamó. “Este es un perfecto caso de prueba”.

Para Ramirez, es difícil no ver el rechazo como algo malévolo. “¿Qué pasará? ¿Tendré un verdadero momento espiritual cuando muera y tú no quieres que tenga eso? ¿Quieres quitarme eso también?”.

Aguarda su ejecución en poco más de una semana o una conmutación de último minuto. Está listo para morir, dijo. “De verdad quiero largarme de aquí. De cualquier modo, ya sé adónde me dirijo. Sé en lo que creo”. c.2021 The New York Times Company

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Escrito por Redacción

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