Las victorias de la Selección Mexicana de fútbol desatan una avalancha de emociones intensas entre los aficionados. El psicoterapeuta Mariano Salinas explica cómo este fenómeno transforma el comportamiento humano, llevando a los seguidores a estados de profunda euforia y liberación emocional, evidenciando el poder único del deporte.
Según Salinas, durante un partido, el cerebro transita de un pensamiento racional, gestionado por la corteza prefrontal, a respuestas emocionales dominadas por la amígdala. Este cambio neurológico sumerge a los espectadores en una narrativa dramática, donde la identificación con el equipo nacional evoca sentimientos profundos y primitivos.
El fútbol funciona como un potente ritual social, permitiendo a las personas dejar a un lado temporalmente las preocupaciones cotidianas, desde problemas laborales hasta facturas pendientes. La experiencia colectiva de celebrar un gol o la tensión de un penal, proporciona una vía catártica para liberar emociones acumuladas en un espacio compartido.
En un contexto donde la estabilidad social o económica puede ser incierta, los éxitos del equipo nacional adquieren un significado aún más profundo. Las victorias, incluso las esperadas, provocan una euforia desproporcionada y festejos masivos, reflejando una arraigada necesidad social de triunfo y éxito colectivo.
La identificación es clave: los aficionados no dicen “ganaron”, sino “ganamos”, lo que subraya una profunda conexión con el desempeño del equipo. Esta apropiación compartida del triunfo se alinea con las aspiraciones personales y colectivas de logro, fortaleciendo los lazos dentro de la comunidad y del país.
Sin embargo, esta intensa inversión emocional también conlleva desventajas. Las expectativas elevadas pueden conducir a frustraciones extremas en caso de derrota, manifestándose en enojo o incluso en acciones destructivas. Salinas advierte que esta “olla de presión” puede generar tanto alegría desbordante como profunda decepción.
A pesar de su naturaleza apasionada, el especialista enfatiza la importancia de disfrutar el fútbol de manera responsable, priorizando la convivencia familiar y con amigos. Al final, es un juego, aunque un vehículo poderoso para la emoción y la unidad que debe fomentar interacciones positivas y el goce compartido.







