Una buena historia que contar


Por Luis Guillermo Hernández Aranda

Normalmente hablamos de política sin embargo ahora quiero abordar un tema personal que vale la pena compartir. Como muchos ustedes saben mi niño mayor tiene parálisis cerebral, su nombre es Guicho y junto con mi otro hijo, Rafa, fuimos en familia al circo Barley a ver la gira del adiós de Cepillín.

Más allá de la platicar de la calidad del show quiero hablar de la calidad humana del personal del circo y que llamó poderosamente mi atención. Al llegar al circo estacioné mi auto y mi esposa y yo nos dispusimos a bajar la silla de ruedas de Guicho. En ese momento una persona del circo que estaba haciendo el trabajo de que lo que llamamos  “viene, viene” nos dijo que si nos ayudaba.

Le dimos las gracias y le respondimos que ya teníamos experiencia armando la silla. El joven no se alejó y por el contrario se puso a platicar con nosotros. Bajé a Guicho y cuando me disponía a empujarlo hacia la entrada del circo me dijo “yo lo llevo ya tengo experiencia por donde pasar”.

El estacionamiento estaba en un terreno irregular, tierra por todos lados. El joven arrastró la silla hasta la entrada del circo y se nos permitió pasar como una especie de cortesía para comodidad de Guicho. Mientras mi esposa compraba los boletos mis hijos y yo esperábamos en la dulcería. Cuando llegó mi esposa con los boletos y nos disponíamos a entrar al interior del circo otra persona se acercó amablemente y después de saludar tomó la silla de ruedas y nos llevó hasta nuestros lugares no sin antes quitar las sillas que estorbaban para acomodar ahí la silla de ruedas.

Obviamente los niños disfrutaron mucho el espectáculo y al terminar otra persona se acercó para ayudarme y subir de nivel la silla de ruedas y después empujarla hasta la salida pero no solo ahí se limitó la ayuda, llevó a Guicho hasta nuestra camioneta.

Quise compartir esta historia porque quienes tenemos en nuestra familia a alguna persona con discapacidad ya sea niño o a una persona de la tercera edad sabemos que la ciudades de México no están preparadas para hacer más fácil el tránsito de estas personas.

Por el contrario es una carrera de obstáculos al mismo tiempo que la solidaridad de los otros tampoco es algo común. En lo personal me molesta mucho estar en un centro comercial esperando el elevador para poder subir con mi hijo en su silla de ruedas y que a lado mío estén jóvenes de 15, 16,  20 años o adultos de 30 que están esperando el elevador cuando pueden fácilmente usar las escaleras eléctricas o incluso subir caminando pero prefieren ocupar el lugar de alguna persona con discapacidad de la tercera edad o de papás que llevan a sus bebés en carriola.

Vale la pena destacar esta historia de solidaridad y de atención porque no sólo fue con mi Guicho, me tocó ver cómo a varias personas de la tercera edad a quienes incluso le acercaban sillas de ruedas para evitar que caminaran o a otras personas con discapacidad también les brindaban ayuda. 

Un espectáculo tan modesto como una carpa de circo ofreció una gran lección que muchas veces no se reproduce en restaurantes de lujo, en cines de lujo ni tampoco en algunos hoteles o centros comerciales.

Debemos ser más empáticos y podemos comenzar con algo tan simple como respetar el lugar reservado para estacionarse para alguna persona con discapacidad. Todos podos construir un mundo mejor, con acciones tan sencillas como el respeto y la solidaridad.

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