Yalitza vs el mexicano


Por: Edson Ariel Contreras

Un tema en boga en nuestro país en el último par de meses ha sido la película Roma, del ya afamado y prestigiado cineasta Alfonso Cuarón, quien ha logrado algo que podría considerarse insólito de no ser porque la realidad es que su talento lo respalda, ¿de qué estamos hablando? Este 2019 podría ser el quinto año consecutivo que un director mexicano se lleve el premio Óscar, que otorga la Academia de Artes Cinematográficas de Hollywood, hecho que sin duda debe llenarnos de orgullo porque se trata de un paisano que ha triunfado en el mercado más feroz y de mayor competencia y proyección a nivel internacional. Podremos estar de acuerdo o no en el hecho de que ciertas producciones hollywoodenses son de calidad y otras no, pero la exposición que brinda siempre será favorable para quienes incursionan ahí, ya sea desde la producción, dirección, actuación y otras áreas del llamado séptimo arte.

Hasta aquí todo parece ir bien, sin embargo llama la atención la controversia sobre la nominación que ha recibido la actriz Yalitza Aparicio, joven oaxaqueña de apenas 25 años, ella tiene ascendencia mixteca por el lado de su padre y triqui por el de su madre; hasta hace un año ella trabajaba como maestra de preescolar, y su vida dio un giro de 180 grados luego de ser nominada en la terna de mejor actriz para la entrega de los premios Óscar, aunque esto no es todo, ha tenido otras 22 nominaciones y cinco premios en diversos festivales y de asociaciones de expertos en cine. Hasta aquí aparentemente nadie podría cuestionar la calidad y el valor de su trabajo y sobre todo de sus habilidades histriónicas, y es que a pesar de no tener estudios formales de actuación, su talento natural le ha valido estar donde ahora se encuentra.

Usted pensará ¿en dónde o en qué radica la controversia con Yalitza Aparicio? Pues bien, las opiniones sobre ella y su trabajo se encuentran polarizadas, por un lado están quienes consideran que su desempeño es de gran calidad, que su actuación es natural (la dirección de Cuarón con ella y el resto del elenco es simplemente genial), y por otro lado están quienes que consideran que esto es “flor de un día” y que el golpe de suerte que ella tuvo no volverá a presentarse en un futuro. Sin duda las opiniones pueden variar y es aceptable que a cierto sector del público no le haya gustado ni Roma ni la actuación de Yalitza, pero el problema va más allá de filias y fobias cinematográficas, sino que tiene raíces profundas en la manera en que como sociedad vemos, tratamos, incluimos y/o excluimos a los indígenas, quienes históricamente han sido segregados, discriminados, sobajados, esclavizados y despreciados por un gran sector de la población mestiza o blanca.

En nuestro país, la población ronda los 124 millones de habitantes, de los cuales se estima que entre diez y doce millones son indígenas; diversos criterios empleados dan números estimados, pero lo cierto es que entre un 8% y 10% de los mexicanos pertenecen a etnias nativas, y esto no es poca cosa. Como es sabido, desde los días de la Colonia los indígenas han sido el grupo poblacional más vulnerable, y hoy en pleno siglo XXI parece no haber mucho cambio en ello, y es que a pesar de los esfuerzos que se han hecho en las últimas décadas en términos de derechos humanos, inclusión, igualdad, equidad, acceso a la educación, a los servicios de salud, al empleo bien remunerado y que tanto gobierno y asociaciones civiles trabajan en lograr mejores condiciones de vida, parece que en el imaginario colectivo, en la mentalidad de un amplio sector de la población, la idea de que “todos somos iguales pero hay unos más iguales que otros” está profundamente arraigada.

El que una persona sea de tez morena y tenga rasgos indígenas es motivo de escario, burla, discriminación, simplemente recordemos que uno de los insultos más comunes en México es llamarle a alguien “indio” de manera peyorativa para resaltar su ignorancia, lentitud, flojera, pocadisponibilidad al trabajo, a su terquedad y un diverso rango de defectos. ¿Quiere más? Los hay: indio patarajada, indio bajado del cerro a tamborazo. Parece que olvidamos (o al menos bloqueamos) el hecho de que al ser un país de amplia población mestiza de una u otra manera todos tenemos algo de sangre indígena, que es parte del genoma no sólo del mexicano, sino de un amplio sector de la gente en América Latina, y sí, el problema no es sólo mexicano, aunque ese no es de ninguna manera consuelo alguno.

Hasta ahora no escuchado un solo comentario que cuestione la actuación y las nominaciones obtenidas por Marina de Tavira (la actriz que hace el rol de la patrona del personaje de Yalitza), tampoco a nadie que afirme que su carrera no tiene futuro ni mucho menos nadie que la califique de fea, naca, prieta, sirvienta, etc. Algunos de los conceptos más desconcertantes y a la vez lamentables que he leído o me handicho es que “ella no actúa en la película, sólo está siendo sí misma”, ¿acaso por el hecho de personificar a una sirvienta significa que por ello no actúa y está hecha sólo para papeles en los que sus rasgos indígenas le impedirán aspirar a algo más? Sin duda la doble moral, el doble discurso, ese sentimiento de pena y a la vez vergüenza por “los inditos” nos llevan a ser una sociedad dividida que tiene un gran pendiente, y es que el tercermundismo no sólo es económico, también lo es mental y cultural.

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