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‘Yo estoy construyendo la casa del Santos’

Por: Jaime Sepúlveda

En junio de 2009, conseguí que me dejaran entrar a los cimientos de lo que hoy celebra 11 años de vida y conocemos como TSM, el tan llevado y traído Territorio Santos Modelo. No soy santista, pero soy curioso (y estoy) y me gusta meterme donde nadie me llama, a indagar, a ver y conocer, y luego, me gusta contar historias.

Por aquellos días, se dijo que uno o dos albañiles habían muerto en la construcción de la nueva casa de los Guerreros, pero poco ruido se hizo a tan triste acontecimiento. No recuerdo cómo, no recuerdo con quién tuve que hablar, pero me dejaron dar un recorrido por la construcción. Ya trabajaba para El Defensor de la Comunidad, no en deportes, sino en la sección local… mi destino estaba marcado.

Para el recorrido me hice acompañar del maestro Galindo, maestro de la lente. Desde siempre, el maestro y yo tuvimos buena relación, a pesar de trabajar para diferentes medios (del mismo patrón); él mantuvo su humildad y yo, mi perfil bajo.

Mi idea, por aquellos días, era retratar la visión de los héroes anónimos, los constructores de un sueño lagunero. Mi idea era entrevistar a los albañiles, quienes a su vez cumplían mi sueño de la niñez. El maestro siempre estaba dispuesto para trabajar, pese a lo que las “malas lenguas” digan.

Fue así, que en una mañana soleada, llegamos a la construcción. Empezamos por el principio y terminamos donde mismo.
“Anónimos. Sin mayor recompensa que el recuerdo. Su trabajo diario ha transformado el desierto estéril en el campo donde florecerán, seguramente, nuevos campeonatos”. Y no me equivoqué.

Entre los trabajadores con los que pude platicar ese día, estaba Óscar, santista “machín”, aunque su único “pero” era su pequeño hijo americanista. “Aún está a tiempo de cambiar”, me compartió, luego confesó que esperaba estar en la inauguración del estadio.

César García, otro albañil, contento me dijo: “¿te imaginas? Aquí va a jugar el Santos, y yo estoy construyendo su casa”. Ni él, ni su esposa ni su niña habían podido nunca asistir al estadio, esperaban poder entrar al nuevo, solo Dios sabe si pudieron hacerlo.

“Va a quedar chidote. Va a estar más chido que el Corona”, se atrevió a vaticinar Víctor Huidrogo. “Se siente bien, porque estamos colaborando con algo para todos los laguneros. Aquí andamos, echándole ganas, porque estamos en las alturas y está canijo”. Ramón Suárez, por su parte, pensó en su hijo de cinco años. “Algún día dirá: ‘aquí estuvo jalando mi papá'”. Hoy, el primogénito de Ramón ya es mayor de edad.

Ya casi cuando el maestro y su servidor (yo) íbamos a terminar de subir y bajar estructuras, el auténtico esqueleto del hoy festejado (casco incluido), nos topamos con un ingeniero medio “mamucas”, o “mamucas” y medio. “¿Qué hacen aquí? ¿Quién los dejó pasar?”, me increpó. Le dije que ya nos íbamos, no sabiendo que ya le habíamos dado vuelta a todo, incluso les pregunté a los albañiles sobre los “soldados caídos”, y aunque no lo negaron, tampoco quisieron entrar en detalles. Reaccionaron como regañados.

De camino a la salida, con mil impresiones en la memoria, nos topamos a Sarahí, una mujer que barría con empeño lo que hoy son las tribunas del estadio. Así nomás, barriendo la arena en las gradas del desierto. “Me da gusto que vamos a entrar a una casa nueva. Iba al otro estadio, allá trabajaba de limpieza, y tengo la camiseta bien puesta”. Ella era una de las dos únicas mujeres en la construcción, entre unos 500 hombres.

Por aquellos días, ni la crisis económica, ni la inseguridad que se vivía, ni las altas temperaturas ni la contingencia sanitaria (derivada de un virus maligno que atacaba a las vías respiratorias) pudieron impedir la realización de un sueño, que hoy, cumple 11 años de vida.

El 11 de noviembre de ese año, Santos recibió a Santos en la gran inauguración. Grandes personalidades acudieron a la fiesta, figuras del futbol mundial (Pelé, Blatter, “Batigol”), personajes de la política mexicana (entre ellos el presidente Calderón), las porristas de los Santos de Nueva Orleans… el único que no fue, fui yo. ¡Y quién sabe si los albañiles que entrevisté meses antes hayan podido ir también!

El maestro Jesús Galindo sí estuvo ahí, él siempre está en los mejores eventos. El licenciado Jorge H Téllez E no faltó, me dicen que tampoco el licenciado Mario Zavala Urista, ¡y sabe el Señor cuántas figuras más!

Han pasado 11 años y siempre me he preguntado si los “maistros” pudieron entrar… cualquier día. Más aún, si tuvieron que pagar por entrar “las manos que construyeron el sueño lagunero”.

Años atrás, cuando aún trabajaba en el periódico chico del mismo consorcio, tuve la ocurrencia de “aventarme” un mini reportaje sobre el viejo Corona, mítico escenario de mil batallas bajo 40 y tantos grados de sol; cerveza y playa sin mar. Mi recorrido en el hoy extinto escenario salió publicado en las páginas del diario donde luego terminé mis días y en el pequeñito, donde tanto aprendí, y tanto le debo al señor don Gustavo, hoy también “ex” del gran diario.

En esa otra ocasión, mi “primera vez”, titulamos el reportaje como “El estadio prometido”. Cuestioné a autoridades y luego luego, al día siguiente, pude ver el seguimiento al tema “olvidado” en las mismas páginas del diario para el cual yo luego trabajé. Pero esa es otra historia, dijo la “Nana Goya”, ocasión quizá para escribir otra vez.

¡Once años! Qué rápido pasa el tiempo y es como si nada hubiera pasado, ¿o cómo se te ha pasado a ti? Honor a quien honor merece, y “¡un sepulcro para ellos de honor!”. Santos ha logrado tres títulos desde que se estrenó la nueva casa; en uno, la vuelta se jugó como local.

“Anónimos. Sin mayor recompensa que el recuerdo. Su trabajo diario ha transformado el desierto estéril en el campo donde florecerán, seguramente, nuevos campeonatos”, rezaba la profecía.

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Escrito por Redacción

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