Por Luis Guillermo Hernández Aranda
Nunca me cansaré de contar esta historia. El 24 de julio a las 12 horas nació Güicho, mi hijo mayor. Mi esposa y yo habíamos acudido a la cita con el ginecólogo para ponernos de acuerdo para el parto, ella tenía ocho meses de embarazo. La sorpresa y en ese momento la angustia fue que ya no nos dejaron salir del hospital. Hubo que operar de emergencia.
El bebé presentaba bajo peso y retraso de crecimiento. Ahí comenzó la angustia, que después se convirtió en miedo y llanto. Güicho nació, pero el pediatra Óscar Herrera fue contundente al decir:
-Hay que esperar 24 horas para ver si sobrevive el niño.
Esa ha sido la noche más larga de mi vida. La advertencia del doctor se la oculté a mi esposa a quien solo le comentamos que el bebé estaba en la incubadora. Después del fatídico plazo comenzó otra lucha y ahí mi Güicho me enseñó lo que son las ganas de vivir. Veinte días pasó en el hospital ganando peso. Todos los días había que llevarle leche materna y visitarlo en la sala de incubadoras.
De esa noche larga hoy se cumplen 17 años, pero ese 24 de julio fue tan sólo el inicio de una batalla que hoy continúa. A los 6 meses su pediatra Óscar Herrera nos dijo que algo no estaba bien con el desarrollo de nuestro hijo y nos recomendó al neurólogo, David Vallejo (qpd). Recomendación que también nos provocó miedo.
Finalmente, después de varios estudios llegó el diagnóstico: parálisis cerebral. En ese momento saber que tu hijo no va a caminar, a correr, a hablar, se convierte en una sentencia de muerte. El llanto es inevitable, enfrentarte a una realidad muy distinta a la idealización de tu primer hijo es una especie de luto. Pero no hay tiempo para llorar porque de ti y de tu esposa depende que él tenga una mejor calidad de vida.
Al mirar hacia atrás no deja de sorprenderme como hemos superado pruebas. Hospitalizaciones, convulsiones, operaciones y la necesidad de obtener recursos para atender todas las emergencias. Sin embargo, diariamente hay muchos obstáculos que sortear: la falta de escuelas para niños especiales, la falta de rampas y de accesos en lugares cerrados, la falta de empatía para respetar los lugares destinados para las personas con discapacidad, la falta de cambiadores dignos para jóvenes y adultos en tiendas, restaurantes e incluso hospitales. Obviamente la falta de medicamentos en el sector público.
Ser papá o mamá de un niño con discapacidad no es fácil. No hay oportunidad de cansarse, tampoco de planear como cualquier familia las vacaciones o la salida al parque. La lucha no ha sido, ni será sencilla, pero la sonrisa de Güicho es el arma más poderosa que tenemos para darle con todo a la vida. Felicidades Güicho por tus 17 años, por haber convertido esas 24 horas de vida en 17 años que me han transformado como ser humano.
@lharanda







