En 1974, el pescador alemán Roland Lorkowsky llevó a cabo una acción que tendría repercusiones ecológicas impensables: liberó miles de crías de siluro en el embalse de Mequinenza, España. Su objetivo era introducir una nueva especie para fomentar la pesca deportiva en la región, un pasatiempo que prometía grandes capturas.
Sin embargo, cincuenta años después, aquel acto individual ha transformado al siluro (Silurus glanis) en el «titán de las aguas dulces» y en el depredador más voraz de los ríos españoles. Esta especie, originaria de Europa central, es conocida por sus dimensiones monumentales, pudiendo superar los 2.5 metros de longitud y alcanzar pesos de hasta 200 kilogramos.
La introducción deliberada del siluro hace cinco décadas permitió que se expandiera sin competidores naturales ni depredadores que controlaran su crecimiento demográfico. Como resultado, la especie ha colonizado exitosamente el cauce del río Ebro y se ha expandido hacia otros grandes ríos y embalses de la geografía española.
Su dieta es insaciable y poco selectiva; se estima que cada día este animal consume el 5% de su peso corporal. Bajo el agua, este gigante engulle desde invertebrados y otros peces, hasta anfibios, aves acuáticas e incluso pequeños mamíferos que se acercan a la orilla para beber. Para especialistas como Carlos Fernández Delgado, catedrático de zoología, su presencia es una “bomba de relojería ecológica”.
El impacto sobre la biodiversidad local es devastador. Los ecosistemas fluviales españoles no estaban evolutivamente preparados para un depredador de esta magnitud, lo que ha provocado el colapso de especies autóctonas ya amenazadas por la contaminación. A pesar de los esfuerzos de control, la erradicación del siluro se considera hoy una tarea prácticamente imposible debido a su tamaño y elevada tasa reproductiva.







