La tradición chiapaneca de “¡Calabacita, tía!” cobra vida cada 1 de noviembre, donde los niños recorren las calles pidiendo dulces. Esta ancestral costumbre del Día de Muertos ha evolucionado con el tiempo, pero sigue siendo un pilar de la identidad cultural de Chiapas, mezclando el folclore local con influencias modernas y manteniendo viva la conexión entre la comunidad y sus ancestros.
Históricamente, esta jocosa petición de “calabaza” u otras ofrendas generaba respuestas variadas. Los niños expresaban “¡Que viva la tía!” si recibían algo, o “¡Que muera la tía!” si regresaban con las manos vacías, demostrando una interacción vibrante entre generaciones.
A lo largo de las décadas, “¡Calabacita, tía!” se ha adaptado, integrando elementos de festividades contemporáneas como Halloween, incluyendo disfraces y dulces comerciales. Pese a estos cambios, la esencia fundamental de la tradición—una celebración comunitaria que honra a los difuntos a través de la alegría infantil—se mantiene arraigada.
Orígenes y evolución de una tradición arraigada
Las raíces de esta costumbre se entrelazan con antiguas prácticas chiapanecas del Día de Muertos. Antiguamente, los niños entonaban cantos como “Angelitos somos, del cielo bajamos, pidiendo calabaza para que comamos” mientras visitaban hogares, recibiendo dulces tradicionales, frutas o tamales.
Cronistas como José Luis Castro Aguilar y Jorge Alejandro Sánchez Flores sitúan el auge de “¡Calabacita, tía!” en Tuxtla Gutiérrez alrededor de mediados del siglo XX. En esos años, los pequeños, a menudo sin disfraces, llevaban campanitas para anunciar su llegada, esperando la calabaza en dulce que era parte de las ofrendas.
El uso del término “tía” se explica como una forma de respeto y afecto hacia las mujeres adultas de los hogares visitados, una práctica de tratamiento que aún se mantiene en diversas comunidades de Chiapas. Esta interacción solidificaba la conexión entre los vivos y la memoria de los difuntos.
Resistencia cultural frente a la globalización
Aunque la expresión “¡Calabacita, tía!” es emblemática de Tuxtla Gutiérrez, en otras zonas chiapanecas, como Tonalá y Tapachula, los niños “pedían ayote”, una palabra náhuatl que también significa calabaza. Esta variante subraya la riqueza cultural regional y sus particularidades.
La cronista Sofía Mireles Gavito destaca que “¡Calabacita, tía!” representa una forma de resistencia cultural frente a la creciente influencia de Halloween. Aunque las festividades han absorbido elementos externos, la esencia agrícola y la veneración por los ancestros se mantienen firmes, enriqueciendo la tradición.
A pesar de que los cantos originales se escuchan menos y los disfraces modernos prevalecen, la tradición de “¡Calabacita, tía!” sigue siendo un pilar en la memoria colectiva de Chiapas. Cada 1 de noviembre, revalida la conexión entre comunidad y herencia cultural, demostrando su increíble capacidad de adaptación y persistencia.







